Hispanidad: ¿lengua, religión y raza?
Estadio de La Cartuja, en Sevilla, España; es la final de la Copa del Rey, suena la Marcha Real, el himno español. Un número indeterminado de aficionados de la Real Sociedad pital el himno mientras sostienen izkurriñas, la bandera de la Comunidad Autónoma del País Vasco, o simplemente conocida como Euskal Herria. Simultáneamente, en los debates políticos en los países de la América Hispana, se marcan los acentos en palabras como genocidio para referirse a la desaparición de pueblos originarios de América durante la presencia española en el continente. El gobierno mexicano le exige a España un perdón oficial por los hechos ocurridos en la Conquista española y la izquierda hispanoamericana refuerza su discurso indigenista. Lo que ocurre en Sevilla o en Cali o en cualquier ciudad de la América Hispana no son hechos aislados, están más relacionados de lo que creemos.
Estamos frente a un fenómeno histórico conmovedor y preocupante: el olvido progresivo de las raíces históricas en España y los países hispanoaméricanos, que en gran medida han sucumbido al ascenso de relatos emancipadores con imprecisiones históricas, que apuestan por marcar una profunda segregación entre los distintos pueblos. El catalanismo, el independentismo abertzale o el indigenismo en América Hispana son, en esencia, las distintas caras de una misma expresión.
Un error al que usualmente se llega es al de asimilar lo hispano a lo español. Esto no tiene nada que ver con los Estado Nación modernos. Si bien en España se origina ese concepto complejo denominado Hispanidad y, por supuesto, está íntimamente ligado a ese país, lo hispano no es español. Al menos no lo es necesariamente. Defender la hispanidad no es, en estricto sentido, únicamente defender a España. Ser hispano no implica ser español. Dicho de otra forma, lo hispano no es necesariamente español pero, lo español sí es hispano.
La Real Academia de Historia hizo hace algunos años un ejercicio por desempolvar el concepto de la Hispanidad, que históricamente estuvo ligado a tres conceptos esenciales: lengua, religión y raza. Y, en cierta manera, tiene sentido asimilarlo así pero, en la medida en que avanzan los tiempos, parece que son fundamentos insuficientes para soportar lo amplio que puede ser lo hispano, ¿un campesino que solo habla gallego es menos hispano que un mexiquense -alguien del Estado de México-? ¿un catalán de algún pueblo de Lleida que habla principalmente catalán no es hispano? Tal vez por eso convenga hacer una aproximación histórica importante: los primeros rasgos de la hispanidad están ligados a los pueblos habitantes de la Península Ibérica, a la posterior presencia de los romanos, al impacto de la invasión musulmana y a la integración de los reinos hispanos durante la Edad Media. Y eso no tiene mucho que ver, al menos, con el idioma. Allí emerge un rasgo cohesionador y es la Historia común. En últimas, lo que une a Galicia, a Madrid o a Cataluña es la historia irrenunciable. Y así mismo, a la América Hispana.
No obstante, el castellano o el español se convirtió en la lengua que permitió la construcción de códigos comunes entre los distintos reinos que hoy conforman al conjunto de España, tal como Aragón, Navarra y Castilla, donde se encuentran lenguas como el castellano, el catalán, el euskera y variantes como el valenciano. A priori, uno podría pensar que la existencia de esas lenguas hieren el concepto cohesionador más primitivo de Hispanidad, no obstante, lo que hace es demostrar que lo hispano no se aloja en un único elemento como la lengua, lo cual pretendo desarrollar más adelante.
A ocho siglos de la expulsión de los moros de la Península Ibérica y a cinco siglos de la llegada de los españoles a América y el establecimiento de los virreinatos y provincias de ultramar, el castellano sirve tanto en Buenos Aires, en Lima, en Bogotá, en Caracas, en Madrid o en Barcelona. Y aún cuando sea el lenguaje común y ese sea el vehículo vinculante, lo que une a un bogotano con un madrileño es más que una lengua. Miremos, por ejemplo, lo que ocurre con Francia y sus excolonias: lo que identifica a un parisino con un habitante de Dakar puede ser, solamente, el idioma francés. Salvo la francofonía, es difícil hallar un concepto mayor de cohesión entre ambas ciudades y el universo francófono.
Y allí entra un elemento importante: mientras que Francia configuró su poder en ultramar basado en posesiones, principalmente en África y Asia, España consolidó su presencia en América como una extensión de su ordenamiento político. Si bien había asimetrías entre la metrópoli y los virreinatos que aceleraron las revoluciones independentistas, ni la actual Colombia o la actual Ecuador fueron unas colonias en estricto sentido: formaban un virreinato que constituían una provincia del reino hispano. Así mismo México, Perú o Argentina. De hecho, muy temprano -con la llegada de los españoles- se fundaron ciudades a imagen y semejanza de las ciudades de España y se constituyeron instituciones como las reales audiencias. No es casualidad que en pleno siglo XVI y siglo XVII, ya hablemos de personajes como Andrés Díaz Vénero de Leyva o de Martín de Saavedra Galindo de Guzmán, quienes a menos de 30 años de fundar ciudades como Bogotá -en el caso de Díaz- ya ejercían cargos públicos en el nuevo reino, como presidentes de la Real Audiencia de Santa fe.
Así que la hispanidad termina siendo un concepto político, histórico y cultural. Pasa por la lengua y la religión, pero también pasa por el ordenamiento político y administrativo que los españoles desarrollaron en sus provincias americanas. Quizás si los españoles hubiesen optado por un orden institucional similar al francés, hablar de hispanidad sería más difícil y, quizás, solo el castellano sería el elemento común. Y es el vínculo político histórico el que hace que la Hispanidad sea un concepto mucho más fuerte y cohesionador, al aportar instituciones formales e informales comunes que aún persisten, como la literatura, el arte o la migración. Pero también marca un principio: ser hispanista no es tener la pretensión de ser español. De hecho, si seguimos caminando sobre el hilo de la Historia, un colombiano o un peruano puede ser hispanista y, de hecho, ayudaría a mantener la identidad nacional y el proyecto de nación de cada uno de los países que el hispanismo se honre y se erija como uno de sus fundamentos.
Comentarios
Publicar un comentario